Acuerdo de míninmos

Está muy de moda hablar sobre las desvergüenzas del sistema educativo actual. Rara es la ocasión en que al aparecer el término “escuela” no se disparen de forma automática los arsenales de descalificativos de la que todos, incluidos profesores, hemos ido haciendo acopio a lo largo del tiempo.

 

En unos casos se trata de realidades contrastables e indiscutibles pero en otras ocasiones son sentencias infundadas o de difícil argumentación que solo el acuerdo social de mínimos existente sostiene. No hay nadie en sus cabales que se posicione frente a esta tendencia mayoritaria y defienda las bondades de la escuela española de este comienzo de siglo. Tampoco ambicionaría, dado el caso, ser llevado en loor de multitudes. Salvo contadas excepciones, existe una mayoría de población que coincide en calificar el sistema educativo actual, cuando menos, de obsoleto.

 

“La escuela de ahora no es la de antes”, “los chiquillos de hoy en día no aprenden nada”, “pues a mí me enseñaron los afluentes de todos los ríos de España” o “los chavales de hoy en día no saben escribir, normal, no leen más que twitter y Facebook” son frases que probablemente todos hayamos escuchado en más de una ocasión y suelen ir acompañadas de una mirada condescendiente al pobre maestro que eventualmente se hallare presente y algún comentario jocoso sobre el sueldo y las vacaciones de las que disfrutan estos profesionales; “hombre, aguantar a tantos chavales lo merece” suele apostillar algún alma caritativa tratando de ser condescendiente. Son acuerdos de mínimos.

 

Acuerdo de mínimos sostenido incluso por aquellos que nacimos ya en plena democracia y hemos sido educados al amparo de la LOGSE, LOE, LOMCE y demás caras de una misma moneda con iguales deficiencias. Acuerdo de mínimos sostenido por aquellos que estudiaron en el modelo educativo de la España de Franco, tan arcaico como el actual. Se critica el modelo actual, contraponiéndolo a la enseñanza de antes no porque aquella fuera mejor sino porque nuestros recuerdos están construidos de seda. Cuando recordamos, nuestra mente recrea nuestras vivencias y como toda reconstrucción es imperfecta. Recordamos las cosas no como fueron sino tal y como las vivimos, es decir, desde la subjetividad de nuestras emociones. Ocurre en todos los ámbitos de nuestra vida; la educación, en este aspecto, no es diferente. La educación actual es mala, sí, como lo era hace 10, 30 y 30 años, no nos engañemos. Es la sociedad quien de forma intrínseca, influye y marca las directrices de la escuela y no esta quien da como resultado aquella. Es una relación endogámica que tiene como consecuencia una sociedad que repite los mismos errores una y otra vez. España es un país amilanado y lleno de complejos.

 

Miramos hacia Finlandia con los hombros caídos, la nariz arrugada y envidia en nuestros ojos como hace no tanto tiempo miráramos hacia los yanquis y su “american way of life”. Siempre nos ha resultado extremadamente fácil la autocrítica; destapamos nuestros fallos y desvergüenzas con una facilidad pasmosa mientras nos proyectamos sobre las excelsitudes de los otros. Las comparaciones, dicen, son odiosas . Bien cierto es que el juicio critico es indudablemente un valor a ensalzar, siempre y cuando no este motivado por el pesimismo y la languidez.

 

Hasta la eclosión tecnológica y de medios de comunicación del último cuarto de siglo, en la sociedad española trascendían el mérito y el esfuerzo como valores predominantes a todos los niveles. En esto, como en todo, siempre ha habido excepciones. El que buscaba algo de éxito o reconocimiento público debía esforzarse para conseguirlo -aunque no siempre fuera por los medios adecuados-. La recompensa de la admiración estaba intrínsecamente relacionada con un ejercicio de esfuerzo. Es decir, la consecución del ÉXITO requería el “empleo enérgico del vigor para conseguir algo venciendo dificultades” (definición RAE de esfuerzo).

 

La interconexión inmediatay falta de reflexión que ofrecen las tecnologías de la comunicación y que han propiciado un sustancial cambio en las relaciones interpersonales sin parangón en toda la historia, tanto por el corto espacio de texto en que se ha desarrollado como por su influencia en los hábitos de vida, la reducción del pensamiento lógico a su mínima expresión en no mucho mas de 100 caracteres, la explosión continuada de noticias y tendencias imposibles de asimilar, el bombardeo de imágenes al que nos vemos expuestos y, sobre todo, los modelos de referencia moral ofrecidos por los media mass han desmantelado un sistema de valores que por lo visto no se encontraba arraigado más que de forma superficial en nuestra sociedad, en paralelismo a la parábola del sembrador. Hoy en día el mérito no es considerado el fin de un proceso de autogestión, tesón y diligencia, sino, cuando menos, el resultado de la exhibición pública de las intimidades propias o ajenas o una suerte de derecho natural al que se deben doblegar los demás. Con semejante escala de valores como axis social predominante, difícilmente podemos encontrar un reflejo muy diferente en nuestras aulas.

 

Como la bruja de Blancanieves, exigimos al espejo que logre lo que por nuestros medios hemos sido incapaces y este, se empecina en recordarnos que hay una mas bella en el reino. De nada nos serviría, siguiendo con el símil, entregar una manzana envenenada al sistema finlandés, hasta ahí llegamos, por lo que lo único que nos queda es disfrazar nuestro mediterráneo porte con una peluca rubia, lentillas azules y acento nórdico malogrado, consiguiendo, en el mejor de los casos, un grotesco esbozo a medio camino entre la innovación descompasada y un tosco quiero pero no puedo.

 

Somos conscientes de que nuestro sistema, inalterado sin cambios sustanciales desde la transición, sigue el mismo modelo educativo de hace siglos, cuando la generalización de la educación. Sabemos que ese modelo unidireccional y autoritario – que no por ello negativo, ojo - surgió en una época determinada de la historia, con una sociedad radicalmente diferente de la de nuestros días; una sociedad en la que el conocimiento era patrimonio exclusivo de una élite, con los libros como única fuente de información, una sociedad en la que el respeto a la autoridad era inviolable y el saber un legado cuyos transmisores gozaban de un gran prestigio, una sociedad, en definitiva, bien distinta a la nuestra.

 

Hace tiempo que sabemos esto pero hemos preferido ahondar en nuestros enfrentamientos fraticidas de las dos Españas antes de aunar esfuerzos y voluntades; lo sabemos, pero … la izquierda ha querido arrogarse el patrimonio de la educación como propio mientras la acomplejada y manida derecha española no ha tenido la altura de miras suficiente como para llegar a un consenso. Entre las diatribas ideológicas de los representantes políticos, la falta de consideración sobre los profesionales de la educación, nuestros complejos como país y la falta de gallardía de los docentes, languidecemos presa de nuestra propia inacción. “Lo comido por lo servido, la casa sin barrer”, que diría mi abuela. Está muy de moda criticar el sistema educativo que nos hemos dado a nosotros mismos, pero nadie tiene muy claro cómo empezar a arreglarlo y hay pocos que estén dispuestos a asumir el riesgo

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